Vestida de domingo

Relato de una historia en el tren

Era domingo, o un festivo cualquiera; no podía ser un día de diario porque yo a esas horas solía estar trabajando, cuando aún me sorprendía la cantidad de personas que pueden verse en las calles o en los parques públicos en una ciudad, Madrid, en cualquier momento del día o de la noche, pareciendo ociosas, esperando no sé qué apoyadas en las esquinas, en las horas centrales o en la prematura tarde. Gentes muy distintas de las que, como yo entonces, se apresuraban en su discurrir desde el clarear de la mañana, masas impersonales y uniformes que aceleran el paso para llegar a tiempo a sus ocupaciones.

También sé que era domingo, o un día fiesta, por cómo iba vestida la mujer que encontré; de una edad próxima a la mía, pronostiqué, aunque siempre me ha costado calcular la edad de las mujeres, acostumbrado a mentir piadosamente, a aplicar un generoso descuento sobre la edad aparente, a pesar de no encontrarlo necesario y presenciar su mayor atractivo con el paso de los años.

Pero, empecemos por el principio.

Había tomado el metro desde el centro, donde vivía entonces, en dirección a la estación de tren de Pitis, eso lo sé, pero no recuerdo el motivo por el que me dirigía hacia ese lugar tan inhóspito, al que no se va sin una clara intención, como quienes, procedentes de la sierra madrileña, se apean para hacer un cambio de tren o para acceder al metro.

La estación surge una vez cruzados los Montes del Pardo, de una belleza inmensa, contrastando con este sitio desolado en cuyos aledaños se asentaba un poblado chabolista. El primero de ellos –después se sucederían, creo recordar, al menos uno más–, cerca ya de los enormes edificios que coronan el norte de la ciudad. La alternativa al tren, para los que entran desde el noroeste, es la Carretera de la Coruña, previsiblemente atascada hasta muy avanzada la mañana, saturada de coches de lujo cuando en la mayoría de las vías de acceso a Madrid hace tiempo que el tráfico discurre de forma fluida.

Yo recorría el camino inverso al descrito, debían ser sobre las cuatro o las cinco de la tarde, y hacía denodados esfuerzos para no dormirme mientras leía una recopilación de relatos de un libro de esos que se distribuyen gratuitamente.

Entonces entró esa mujer, cuando aún faltaban seis o siete estaciones para llegar a Pitis, adonde yo iba sin todavía hoy saber por qué.

Se sentó a mi lado cuando el resto de los asientos estaban vacíos, de hecho todo el vagón estaba vacío, y comenzó a hablar sola. Mi primera intención fue cambiarme de lugar, pero no lo hice y me acerqué un poco más el libro a la cara, como esos miopes que casi dan con la nariz en el papel. Fingía leer, aunque estaba atento a sus palabras y la observaba con el rabillo del ojo, procurando que no se percatase de mi intromisión. Lo que no me resultó difícil porque ella actuaba como si yo no estuviese, hablando y moviendo constantemente su dorso y sus manos, mientras yo me escoraba cada vez más hacia mi lado, haciéndome pequeño, desplazando ahora el libro para evitar que en uno de sus aspavientos, frecuentes y convulsos, me arrease en váyase a saber qué parte.

Dos personas en un vagón vacío, sentadas una al lado de otra y ambas ignorándose. Si la escena la hubiese contemplado yo no habría podido evitar reírme a carcajadas. Sus voces, sus exclamaciones, eran casi todas inteligibles: despotricaba sin cesar contra alguien, elevando cada vez más a la voz. Era probablemente una loca, uno de esos personajes a los que se le va la pinza, y a los que la mayoría de la gente evita, aunque ello signifique que a su alrededor se haga un claro y el espacio cercano esté atestado de almas. Nunca nadie, no sé si por miedo o indiferencia, les preguntará qué les ocurre, mejor no meterse en líos.

Transcurrieron dos o tres estaciones y yo ya me había fraguado una historia, su historia. Se lamentaba porque alguien –el desgraciado, el mala persona, el cabronazo, el hijo de la gran puta– la había puesto de patitas en la calle y su lamento y sus repetidos insultos iban contra él; también, pero en menor medida, contra sus compañeros de trabajo, para los que tampoco tenía palabras muy amables. Parecía tenerlos a todos frente a sí, a escasos centímetros, y al responsable, avanzaba entonces su cuerpo, le escupía cuatro verdades en la cara.

Estuve tentado de preguntarle, de interesarme, pero se levantó súbitamente, como había entrado, haciéndose de nuevo el silencio, vestida de domingo, con exceso de colorete y un carmín de rojo intenso perfilando sus labios, con los dedos del pie recogidos entre la hebilla de sus zapatos relucientes de brillo. Tambaleándose, pulsó insistentemente el botón de apertura de la puerta, y no imaginé adónde se dirigiría vestida así, de domingo, y no supe nada más sobre su vida, esas vidas que nos abordan sin permiso y de las que nunca conoceremos su desenlace.

No había llegado al final del trayecto y un grupo de adolescentes entraron, permaneciendo de pie hasta la siguiente estación, en la que se bajaron. Ellas llevaban faldas cortas, uncidas a unos muslos generosos; ellos, en paridad de género, las observaban, reían y se aproximaban para acariciarlas. Se puede adivinar, pensé, el tipo de personas que viven en la superficie sin salir de estos túneles por sus vestimentas y ademanes, lo que es más evidente en ese fluir incesante de los momentos de mayor trasiego, especialmente si se viaja en la línea circular que cruza los distintos barrios de la ciudad.

Seguí leyendo ese libro de relatos probablemente editado con los premios y las menciones de algún concurso, y del que todavía ahora recuerdo dos de ellos.

En el primero, un niño no arranca a hablar y sus padres, preocupados, visitan con frecuencia al logopeda, hasta que a la edad de cinco años, sentado a la mesa, dice por fin: “joder, estoy hasta los cojones de quemarme la lengua siempre que me ponéis sopa”.

En el segundo relato, un viejo pasa su tiempo sentado en una silla a la puerta de su casa. Vive en un pueblo pequeño, una carretera comarcal lo atraviesa, y él acostumbra a perseguir con  la mirada los vehículos a su pasar, memorizando los modelos, a veces también sus matrículas. Solo entra en casa para lo necesario: para comer…, para dormir. El narrador nos dice que durante el servicio militar hizo muchas guardias a la puerta del cuartel, que no le disgustaba hacerlas, que nunca se quejaba, que a veces hacía las de sus compañeros sin favores a cambio, que se volvió un solitario ya entonces, siendo joven.

Y a mí me parece que lo importante en esta vida es tener un plan, un cometido, un objetivo, que no importa demasiado si el resto no lo entiende, que probablemente los demás tampoco tengan grandes metas en sus vidas, que la monotonía tiene como ventaja la ausencia de sobresaltos.

Como dije, no recuerdo el motivo por el que recalé en Pitis, hace ya algunos años. Puedo ver que la gente hace mucho tiempo ya que ni siquiera me mira, o finge no hacerlo, pero una cosa tengo clara: no me iré hasta averiguar el motivo que me trajo hasta aquí aquel domingo lejano, después de comer, con el bocado aún en el paladar.

Antonio Pérez Gallego