Una deriva preocupante

Pablo Casado en una reciente intervención en el Congreso de los Diputados

Hay una historia del siglo XX de nuestro país inspirada en el NODO, consensuada por el Régimen del Dictador y supervisada por Ricardo de la Cierva, probablemente la misma que abrazan los que aplauden a sus representantes políticos cuando presumen de no gastar un euro en el reconocimiento y reparación debida a las víctimas de esa guerra que para ellos son las batallitas del abuelo, pese a que de su resultado aún se siguen beneficiando –y lo saben– por ser los descendientes de facto o ideológicos de los salvadores de la patria que siempre hay que salvar de inmundicias cuando los privilegios de las élites se tambalean aunque sean mínimamente.

Las mismas voces que cada vez que se habla del pasado entienden que se abren viejas heridas, pero no tienen el mínimo reparo en confesar y demostrar sus afiliaciones y tendencias grabadas a fuego ante su círculo de acólitos, por mucho que en el juego de aparentar lo que no se es –en el que la política tiene su máximo exponente– digan con la boca chica lo conveniente, lo que podría comenzar a subvertirse si el tono elevado y la bronca va calando en la población al tiempo que sus gestos marciales se acompasan de conocidos cánticos gloriosos cuando sacan a pasear el orgullo nacional o, por ejemplo y según hemos sabido, invitan en sus celebraciones a los verdugos que hasta el último día se ensañaron como perros sarnosos contra los que pensaban diferente.

O se felicitan por la obstrucción institucional al ejercicio de la Justicia Universal por los casos de lesa humanidad cuando allende nuestras fronteras se trata de encausar a los responsables de las mayores atrocidades ocurridas en este país en su historia reciente, los supervivientes de una dictadura que hoy se cobijan al abrigo del Estado de Derecho y justifican una guerra y un régimen fratricida durante casi cuarenta años, empatizando con los golpistas por mayor gloria de la patria o, lo que viene a ser lo mismo, justificando un golpe de estado contra un régimen parlamentario que, pese a sucederse en el mismo gobiernos de distinto corte por mandato de las urnas, se homologó  con un régimen comunista totalitario, con sede en Moscú. Una guerra necesaria y urgente, aún se escucha, que no fue una sublevación militar sino la consecuencia de un país a la deriva.

Suponiendo que las guerras tengan vencedores –los vencidos ya se conocen– la sociedad en su conjunto siempre sufre sus consecuencias, alterando la vida y rompiendo las familias por los deseos presentes y futuros de quienes las idean desde sus despachos, por los que, curiosamente, nunca van al frente o antaño lo hacían parapetados en una loma y rodeados de sus generales cuando la reyerta se dilucidaba a muerte en el campo ubicado a sus pies, de los que enviaban a otros a luchar en el campo del honor argumentando el bien general, o tantos otros valores y consignas que sumados no valen ni el peso de sus palabras cuando lo que esconden es el destino de iniquidades, caprichosas voluntades, ambiciones de poder y deseos expansionistas sin límite, entre otros intereses sabidos, porque cuesta mucho ponerse en la cabeza de psicópatas que no superarían un mínimo análisis clínico y, como consecuencia del fruto de sus decisiones, sacrifican a la población y someten a los supervivientes a años de pobreza y ruindad.

Por eso, se hace difícil que, al día de hoy, después de tantas batallas libradas, aún haya quienes los sigan vitoreando y no solo disculpen sus atrocidades, sino que abriguen sus yugos y añoren sus hazañas.

En ese deseo por no alterar aquella historia contada que no quiere saber y no reconoce la presión de un régimen, La II República, que desde el mismo momento de su nacimiento fue llamada a derrocar, a pesar de que la formase un gobierno sacado de las urnas, por los que nunca aceptarán una rebaja en sus ambiciones y codicias sin freno.

Y, ha vuelto a ser ahora, como antes ocurrió durante el primer gobierno republicano al legislar medidas favorecedoras de un mejor reparto de la riqueza, a tomar medidas de mayor justicia social o a eliminar los privilegios de la iglesia católica valedora de regímenes autoritarios profundamente injustos con los desfavorecidos.

Ha sido precisamente ahora, decía, cuando se vuelve a ver la cara más espantosa de los alborotadores al plantearse medidas beneficiosas para las clases más humildes, para los más necesitados, volviéndose a recurrir a los viejos fantasmas, aludiendo al hundimiento de la economía y a los peores augurios, fomentando un mensaje bronco, un lenguaje de excesos que podría culminar por salir a la calle y llevar a enzarzarnos a bofetadas con los que piensan diferente, protagonizado por unos líderes políticos que ven en la gresca el grito y el insulto su camino al Poder, que no aceptan el resultado de la política parlamentaria ni tampoco asumen su lugar en la oposición; otra vez, como cuando perdieron contra pronóstico en las urnas tras el atentado de Atocha, del que no estoy seguro si algunos siguen atribuyendo a ETA, catorce años después.

Ahora sabemos que hay un okupa en la Moncloa, que hay un golpe de Estado permanente cuyo responsable es ese mismo okupa. Lo peor, que siempre hay quien da crédito.

La política parlamentaria no se distingue por su amabilidad, y no es la primera vez que se cometen excesos verbales, por unos y por otros, pero entiendo que los límites se están superando, y no creo que esta escalada beneficie a nadie, ni son tiempos para alzarse con el poder por las armas como en el siglo pasado.

Toca, pues, entenderse, y trabajar por el bien común, con propuestas, mostrando el desacuerdo razonadamente. ¿Es ello posible?

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