Lecciones de vanidad

El expresidente del gobierno, Jose María Aznar, en un acto reciente

Para quienes se mueven entre claroscuros y matices, para quienes las razones se mueven en la relatividad y la comparación con el entorno, no deja de llamar la atención la puesta en escena de alguien que afirma, con total rotundidad, “las verdades del barquero”, que se ve a sí mismo como la solución, con la capacidad para terminar con los males que asolan a la sociedad española. Si hasta las leyes físicas y los hechos teórica e incuestionablemente ciertos se cuestionan, no digamos de lo sometido a criterio o interpretación.

Y no digo ya si quien se arroga tal capacidad, además, ha dejado antes de asumir responsabilidades, de las que son fáciles de contrastar, de las que por mucho que se oculten echando balones fuera no dejan de ser obvias.

Más de lo mismo, discursos políticos siempre recubiertos del halo que enmascara los hechos, que hace declaraciones de principios de dudosa honestidad…, de todo eso hemos visto en la comparecencia de Aznar, en su brindis al sol, en su oferta por el bien de España, en su más que cargante y prepotente ofrecimiento propio de superhombres.

Dicen que la cara es el espejo del alma, que el interior atraviesa barreras y tiene una traslación en la imagen que se ofrece, que con la edad somos responsables de nuestra apariencia. Y el expresidente Aznar, con esa aparente sobriedad, con esa formalidad y con ese discurso trasnochado me ha hecho recordar a un aparatoso reloj de pie que hace tiempo que no funciona, y que nadie se ocupa de poner en marcha.

A su juicio, su ofrecimiento y su discurso estará cargado de motivaciones, pero lo que vemos de él, su puesta en escena es, hoy en día, la de alguien que siembra desconfianza, que no ha sabido ocupar un lugar en su madurez, que no  convence ni siquiera a quienes antes le apoyaron.

¿De verdad es Aznar la pieza fundamental para conseguir la unión de lo que él llama el centro derecha?

Aznar es hoy alguien del que ni siquiera sabemos si luce bigote,  probablemente porque lo exhibió durante tanto tiempo que no apreciamos si  la maquinilla de afeitar ha rasurado las sombras de antaño.

No, no es este el señor que acabará con la desafección política, con el descrédito de los ciudadanos hacia la política, quien pueda tener las soluciones que necesita el país.

Mi apuesta va en consonancia con el nombramiento del nuevo Gobierno, con su marcada experiencia y profesionalidad, y con la presencia mayoritaria de mujeres (¡Ya era hora!), no con salvapatrias trasnochados de los que ni siquiera sabemos si lucen o no bigote.

Antonio Pérez Gallego

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