La cita

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Nadie le dijo nunca que era guapa, ni nadie había reparado en el rasgo sinuoso de sus ojos rasgados y profundos, ni nunca recibió un halago a sus modales o a su dulzura, porque era alguien en quien nadie repara, una presencia innecesaria, como un mueble cuya función es ocupar un rincón olvidado.

La ignorancia ajena le provocaron un aislamiento cada vez más acusado, formando en torno a sí una barrera infranqueable, ocupando el tiempo en el cuidado de sus mayores, en la lectura, en una vida sin sobresaltos, sin vaivenes ni ilusiones perdidas, encontrando refugio en la contemplación silenciosa de las vidas ajenas, adormecida por el constante fluir del sueño de duermevela.

Con el transcurso de los años pasó del desdén a la crítica, del olvido a los consejos sobre cómo debería enfocar su vida, en el tiempo en que todavía su rostro no acusaba las arrugas de la experiencia.

Y ahora se encuentra junto a él, y ella, en su ingenuidad, le observa con sus ojos cóncavos, cercados por la marca enrojecida que han dejado sus pesadas gafas –que no lleva–, mostrando una mirada inerte e inexpresiva, congelada hasta intimidar, que agudiza buscando en el  gesto de sorpresa de él una mirada cómplice que no encuentra, y sus ojos color caoba muestran el motivo de su alerta; y su mente regresa a sus libros usados, algunos casi devastados a causa de su agitación, de sus anotaciones no siempre al margen, de color enmohecido y páginas de bordes arrugados y pliegues tronchados o sucios montados y pellizcándose.

Trata de comprender, de validar la espera, de ocultar la decepción. Se había acicalado y contemplado en el espejo de la habitación que mostraba su figura al completo, tantas veces como tantas otras se volvió con un gesto mohíno de desaprobación, pensando en no acudir a la cita.

Él había aceptado reunirse con una desconocida que, según le habían dicho, era la mujer más guapa que cabría imaginar, y como nunca rechazaba un ofrecimiento así anunciado, acudió para cobrarse la presa. No vio sus mejillas sonrosadas ni su sonrisa abierta, porque tan pronto como ella apareció, puso cara de haber sufrido una pesada broma y fijó la mirada en los calcetines que ella llevaba, casi hasta la rodilla, incursionando en unos zapatos de punta ancha y tacón no muy elevado, del tipo usado por las novicias.

Contestó a las tímidas preguntas de ella con monosílabos, sin casi mirarla, porque solo pensaba en escapar de allí cuanto antes.

Pero es ella la que se marcha, la que se levanta y le dice algo amable y le pide disculpas, y una lágrima parece abrir un surco entre el espeso maquillaje impropio de una mañana de verano, en el café en donde se trasiega con fingida naturalidad, en donde se enseñan los vestidos ocasionales que se lucen sin etiqueta.

Antonio Pérez Gallego

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