“Hasta siempre, Antonio”

Antonio Mercero, director de cine, ha muerto a los 82 años | Foto: rtve

Corrían los años setenta y yo todavía vestía pantalón corto, enseñando unos muslos límpidos, no como los bombachos que ahora se enfundan los chupatintas en los días de asueto, descubriendo el bello retorcido de las pantorrillas, despojados ya de sus trajes emperifollados o sus acomodados de “casual” –según la tendencia –, mientras airean ascuas y achicharran panceta en las barbacoas de sus chalés endosados, impregnando la atmósfera de los no convidados de pestilente humo con olor a refrito.

Recuerdo los días en los que nos sentábamos a la mesa y veíamos solo dos cadenas de televisión, y gracias,  en blanco y negro como los tiempos, cuando el voluminoso aparato se escacharraba y había que ir en busca del técnico, siempre en paradero desconocido. “Acércate, a ver si lo encuentras en…”, decía mi madre.  Le pagábamos en “cash”, sin IVA, acompañando chato de vino que vertía en su garganta en un par de movimientos de su brazo firme, o tambaleante, dependiendo de la cercanía del almuerzo, con urgencia porque le esperaban en otra casa. Después se despediría con un premonitorio hasta luego.

Una noche vimos en la pantalla a un señor con bigote encerrado en una cabina telefónica, el mismo que nos había hecho reír en tantas ocasiones con sus frases atropelladas y su caminar compulsivo detrás de los cuerpos de pecado de las gachises rubias que venían a la costa en verano procedentes de la Europa central y del norte: las del este eran gordas y feas, todos lo sabíamos.

No había forma de abrir la jaula del  pobre desgraciado; ni forzando la puerta, ni rompiendo la luna, ni por arriba, ni por abajo. Todos los intentos terminaban en fracaso. ¡Qué angustia, y qué final!: en un depósito en donde se acumulaban otros hombres insignificantes, como los nichos en los cementerios. Aquellas escenas me quietaron el sueño durante muchas noches, Antonio.

Con lo que disfrutábamos con las Crónicas de un pueblo, esa serie del gusto de Carrero Blanco, la mano derecha del tipo bajito con barriga de embarazada y voz frígida que nos había librado de la amenaza bolchevique y había hecho de España una, grande y libre.

Nos hiciste disfrutar de nuevo: Verano Azul, Farmacia de Guardia…, y te lo perdoné, Antonio, te lo perdoné.

Mucho tiempo después, siendo vecinos, te veía en una cafetería de la Avenida de Valladolid, cobijado entre los tuyos, ausente, con el semblante perdido, mirando sin mirar; y yo no podía evitar sentir una profunda tristeza, maldecir el paso de los años, de su impiedad, de su manifiesta crueldad con las mentes geniales y brillantes como la tuya.

Descansa en paz, Antonio.

Antonio Pérez Gallego

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