La Duquesa de Puente Genil y el Príncipe de Calasparra anuncian su separación

He terminado de leer “Un corazón helado”, la novela de Almudena Grandes cuyo argumento se despliega a lo largo de varias generaciones, de una venganza que se sirve fría, brindando a quien se beneficia de los caprichos del destino de la oportunidad de restituir una situación injusta y prolongada en el tiempo.

No es una venganza del modo cinematográfico que acostumbramos a ver, supeditando toda la existencia de quien la lleva a cabo a su deseo febril, hasta mostrarse más descarnadamente perverso y sanguinario que quien protagonizó los actos merecedores de escarmiento (entiéndase esto último entrecomillado y con todas las reservas), y está narrada de un modo que impide dejar la lectura cuando se quiere, enganchando desde las primera frases, manteniendo la atención máxima (o casi) durante su transcurso, como marcan los cánones, y como todos los escritores procuran y no todos consiguen.

Habla Vila-Matas en “Impón tu suerte”, su nueva obra ensayística, y como ya hicieran otros autores antes, de la crisis que sufre la novela desde hace casi un siglo, no solo por haber encontrado su cumbre narrativa desde hace décadas (cita a Borges, para quien “La Invención de Morel”, escrita en 1940 por Bioy Casares es sencillamente perfecta, en la que no sobra ni falta nada), sino porque considera que la mente humana evolucionada no encontraría satisfacción en la lectura de la novela convencional, por ser insuficiente para las expectativas de una mente necesitada, por su complejidad, de mayores ingredientes, motivo por el que el autor explora nuevos caminos con cada nuevo título. El pronóstico sobre dicha evolución, no obstante, choca frontalmente con el hecho de que hoy en día casi nadie lea, confiesa, con lo que su pronóstico sobre la mente humana y sus correspondientes inquietudes se da de bruces con la realidad.

La incapacidad para reposar en un texto –novela, ensayo, o cualquier otro medio de expresión literaria– y reflexionar sobre el mismo es la consecuencia de los derroteros de la vida actual, y no imagino a nadie que no peine canas embelesado con los paisajes descritos con minuciosidad en “En Busca del tiempo perdido”, especialmente si se es poco propenso a entretener el tiempo y el espacio en largos textos y se acostumbra a quietar las inclinaciones  cerebrales con la apresurada lectura de tuits, surgiendo la congoja cuando hay que abordar y comprender obras que exceden lo humanamente recomendado, muy superiores a los del mensaje corto, en los que pareciese tuviese que contenerse toda la sabiduría.

Hoy se admite la necesidad de enganchar, no solo desde el comienzo como en la novela de Grandes, sino con el título del texto, de vital importancia si se trata de un artículo de actualidad u opinión publicado en la prensa, lo que no garantiza la continuidad lectora del incauto que, como un pez que ha advertido el anzuelo, huirá de la atención necesaria para la comprensión en cuanto el sonido del washapp de su iphone lo reclame.

Aclarar, que no conozco los motivos que han llevado a La Duquesa de Puente Genil y al Príncipe de Calasparra a tomar su decisión de emprender su vida en solitario hasta que nuevos vínculos afectivos colmen sus esperanzas, y nuestra necesidad por conocer sus vidas. En realidad, no sé mucho sobre relaciones aristocráticas o palaciegas, acaso porque todavía no he superado los pasajes de nuestra común historia en los que Carlos IV y Fernando VII, padre e hijo, se disputaban la Corona española en la corte francesa y en presencia de Napoleón, teniendo su natural correspondencia en el presente al no haberme informado sobre el enlace ocurrido el pasado fin de semana en tierras sajonas. En dicho sentido, recuerdo el propósito de reconversión que los reporteros y comunicadores de la prensa rosa tuvieron que hacer durante la crisis económica, posiblemente formados en la misma academia, con el propósito de transmitir una opinión común sobre lo que entonces era de interés prioritario, formando corrientes de opinión.

No quisiera imaginar la capacidad de análisis e introspección de futuras generaciones liberadas ya del estudio de la filosofía, aptas para la asunción de tareas concretas como diminutas huestes de insectos en los que cada individuo tiene una función. El mismo lector, no puede ser el mismo, de mente evolucionada que exige una lectura filosófica de planteamientos sesudos, pero sí formar parte de un ejército que responda de forma uniforme y pretendida, que exhiba los mismos planteamientos y se muestre dúctil a las enseñanzas.

Respondiendo, como se espera ante, por ejemplo, las aspiraciones independentistas, capaz incluso de comulgar con las ideas xenófobas de Pujol, esa referencia del nacionalismo catalán de mente diseñada para ramplar impunemente con lo ajeno –supuestamente, por supuesto – y de su excelsa inteligencia, en contraposición con su estética sietemesina en proceso evolutivo, quizás por haber dejado de injerir algún nutriente o sustancia indispensable para el desarrollo, y su reflejo en lo intrínsecamente interno –nuevamente presunto, con perdón–, me atrevería a concluir a raíz de sus declaraciones de que el hombre andaluz es un hombre poco hecho, que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural mental e intelectual, constituyendo la muestra  de menor valor social y espiritual de España, y que si por  la fuerza del número llegase a dominar sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña.

Un testigo y unas declaraciones que tienen su correspondencia y seguimiento en el nuevo presidente de la Generalitat, Quim Torra, y que imagino comparten las huestes de seguidores y entusiastas del discurso nacionalista, respondiendo de su parte alícuota de responsabilidad, de la misma manera, y siguiendo a Julio Anguita, que la tienen los votantes del partido gobernante, toda vez que vuelven a depositarles su confianza y su voto, conocidas sus prácticas corruptas.

Retornando a Vila-Matas y citando a Borges, mencionar la exposición pública de los escritores, subrayando que un escritor  “Si no se atreve a todo, no será jamás un escritor”, para añadir a continuación, en palabras del uruguayo Mario Levrero: “No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida”

La vida se la han jugado muchas personas, y se la siguen jugando en muchas partes del mundo quienes se atreven a denunciar las prácticas del Poder y las diatribas inoculadas a las masas adormecidas, convenientemente adormecidas. Como también ha ocurrido en este país en el pasado, como algunos favorecidos por el orden establecido quieren que siga ocurriendo, de ahí la intranquilidad el desasosiego y la exposición, poniendo en riesgo la propia vida, de quienes denuncian y son sometidos a la interpretación que interesadamente pueda hacerse de la letra de la ley, de su intimidación basada en hechos anteriores y conocidos, de su sesgo en función de la corriente dominante.

Los que hemos celebrado hechos como los triunfos deportivos, aunque quienes los protagonizasen exhibiesen los signos nacionales al tiempo que fijaban su residencia allende las fronteras para cuidarse de pagar los impuestos debidos, quienes estamos dotados de un “coco liso” por proceder del sur, debemos ahora, en contraposición a las pretensiones nacionalistas catalanas, soportar, por ejemplo, que un chalado llame al Gobierno cobarde por no emplear las armas e invadir esa región de cuyos líderes estamos ya hasta los mismísimos.

Sí, todos son almas de Dios, y también los majaretas como Losantos tienen derecho a expresarse (que no le va a la zaga a Pujol y espero que tengan la atención merecida; esto es, ninguna) pero, citando de nuevo a Vila-Matas al afirmar que para ser escritor hay que “pensar por cuenta propia, y hacerlo sin falsedad ni hipocresía”, sin ser consciente de los riesgos, y, sobre todo, ¿para quién o para qué?, pues ¿no hemos quedado que ya casi nadie lee en este país? Los años enseñan a cubrirse las espaldas a quien no confiesa con las teorías dominantes y admitidas, a decir lo que se quiere con ambages, con ironía y con retórica, como en los tiempos dictatoriales. En eso, parece que la situación no ha cambiado mucho.

Como dije, acabé una novela que me ha tenido sumido en su lectura durante intensas horas y, mientras decido mi próxima elección, la que me tendrá sumido en la ficción, me prodigo en las redes y leo casi cualquier cosa que cae en mis manos, consiguiendo que mi tensión aumente ante las noticias, ante el eco de másteres y estudios regalados, o supuestamente regalados, ante otros hechos que consiguen trasmitirme inquietud, que me tiene con la boca abierta en un suspiro.

He decidido, como contrapartida y por mi propia salud, fijar mi atención en otro hecho significativo de este año, el centenario del fallecimiento de Claude Debussy, recordando el pasaje final de la película Frankie y Johnnie (Michelle Pfeiffer  y Al Pacino), en la que se escucha prolongadamente el Claro de Luna del compositor francés, mientras un ambiente optimista flota en el ambiente y un futuro prometedor anuncia nuevos tiempos a la pareja, en compensación con sus tormentosos pasados.

Espero decidirme por una nueva lectura que me mantenga apartado de la actualidad durante el tiempo necesario para mi recuperación.

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