Confidencias

Un hombre se sube a un taxi en Madrid

Son las seis de la tarde, salgo a la calle y como se me ha hecho un poco tarde tomo un taxi. El conductor me dedica una leve sonrisa que interpreto como un gesto autómata y, sin girarse, asiente cuando le digo adónde vamos. Baja el taxímetro.

El tráfico me hace dudar de mi decisión. Tendría que haber tomado el metro, pienso, pero me he acomodado y no tengo ganas de bajar. Hago una llamada telefónica y comento que llegaré un poco más tarde. “Menudo tráfico hay”, afirmo después de colgar, y como no recibo respuesta –creo haber advertido un gesto leve de asentimiento– continúo hablando:

”No hace ni una hora que mi jefe me ha llamado al despacho para decirme que, debido a una restructuración en la empresa, van a tener que prescindir de mí; ¡que me van a echar, vamos!, después de veinte años, y con lo que me pagan contratarán a otro en mi lugar por una mierda de sueldo…que ya me lo sé”

Estamos parados y se vuelve para mirarme, pone cara de confraternizar con mi desgracia, pero sigue sin decirme nada.

“Lo peor va a ser cuando se lo diga a mi mujer –continúo– ella que se preocupa tanto, que lleva las cuentas, que quiere lo mejor para nuestros dos hijos, todavía adolescentes, o casi; lo cierto es que las madres nunca reconocen que sus hijos también crecen, que tendrán que hacer su vida en algún momento, ¿no le parece?. ¡Ah!, y lo peor de todo, la hipoteca, ¿cómo vamos a pagar la hipoteca?”

Ha bajado el volumen de la radio. Balancea la cabeza. Está pendiente de la conducción, y para en los semáforos sin pisar el paso de cebra. Todo un profesional, me digo, pero yo necesito que alguien me escuche, que me conteste.

Consulto el whatsApp. Siempre las mismas chorradas, los mismos videos que a veces recibo por duplicado.

Llamo a Teresa y pongo una excusa: le digo que no podremos vernos hoy porque tengo mucho trabajo en la oficina y tengo que terminarlo para mañana a primera hora. Me estoy convirtiendo en un mentiroso patológico, pero así es este mundo. ¿Cómo le voy a decir que he quedado con alguien que conocí el jueves en una recepción? Además, cuesta menos contar una mentira piadosa que decir la verdad. Porque la verdad hace daño, mucho daño, y la mayor parte de la gente no está preparada para escucharla. Lo sé, estoy seguro.

“Ya hemos llegado” –me dice el taxista–, llevo conduciendo desde las ocho de la mañana y solo he parado para comer un bocadillo, quizá no me recuerde, pero la semana pasada le recogí en la misma parada, y me dijo que estaba en el paro y tenía  a su madre enferma. A mí no me importa su vida, pero haga el favor de hablarme de los mundiales la próxima vez. Tenga usted un buen día”.

Antonio Pérez Gallego

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