Ausencias y soledades

Acabo de leer un artículo sobre la latente soledad de los ancianos, de la muerte que los acecha, del anonimato que sufren, de las circunstancias que les llevaron a dejar este mundo sin que nadie les echase una mano…, de que podían haber sobrevivido a un accidente doméstico si hubiesen contado con auxilio.

También he leído sobre otra muerte, la de las comarcas y pueblos abandonados de las zonas rurales, de su final anunciado y de los escasos habitantes que todavía se aferran a sus recuerdos, del esfuerzo que realizan para alterar el curso de los acontecimientos que no es otro que la desaparición y el olvido.

Y, siguiendo con mi lectura, me detengo en una reflexión sobre la gratitud, sobre lo mucho que ha cambiado nuestra respuesta –dice el autor– ante los favores que antes se agradecían eternamente, y hoy, un favor o una atención se olvidan enseguida hasta el punto de, no solo no reconocer ya la trayectoria anterior de nuestro bienhechor, sino de culparlo por la última acción que nos negó, no cumpliendo nuestras expectativas, olvidando así todas sus atenciones anteriores.

Es posible que los casos citados no guarden relación entre sí, pero hay ocasiones en las que interpretamos el entorno desde un mismo punto de vista y casi todo esté conectado, o así lo sentimos, porque lo que nos preocupa o interesa ha tomado tal relevancia que todo lo contemplamos bajo un mismo paraguas.

Con algunas personas mantenemos una relación infrecuente, formando parte de los vestigios de un pasado que renuncia a desaparecer en el cada vez más frágil recuerdo. Se podría decir que ya no están en nuestras vidas, casi nunca en nuestro pensamiento.

Pero algo nos conmueve cuando una bofetada fría nos anuncia su posible desaparición. Es una intuición que viene como consecuencia de la ruptura de un hábito o costumbre en fechas señaladas. Quizás se olvidó de nuestro cumpleaños, y, al principio, ni siquiera lo percibimos, pero después notamos su ausencia.

No se explica fácilmente porque hace años que no vemos a la persona que tanto significó en el pasado pero que ahora casi ni recordamos. Causa nostalgia, es posible; esa nostalgia que a veces llama en los peores momentos, y no tiene reparos en sumarse a los efectos negativos de un transcurso decepcionante, de varios episodios o sinsabores adversos o de un estado anímico que aparece sin causa justificada.

Volvemos a  pensar en ella, en la que fue entonces porque la que ahora es casi ni la conocemos. Unas palabras convencionales, unos deseos mutuos de felicidad, una promesa habitualmente incumplida, han bastado para que aflore el recuerdo. La última conversación telefónica fue breve, pero pareció larga porque no rebasamos los convencionalismos, las frases hechas.

La necesitabas, ahora lo sabes, aunque no fueses consciente, y hablando con ella su voz te ha parecido débil, y perdida su cordura. Entonces te dices a ti mismo: “¿qué esperas, si supera ya los ochenta?”, y eres consciente, en este momento, de lo lejos que está, de las pocas oportunidades que tendrás de volver a verla, incluso dudas de querer volver a encontrarla, porque quizás sufras una decepción. Otra más. Recapacitas, a lo mejor no tendrás más oportunidades, y necesitas darle un abrazo muy fuerte, acaso el último. Acaso ella también te necesite. Además, si no la ves, si no haces todo lo posible por verla, no habrá marcha atrás. El tiempo apremia.

Te acuerdas de aquel amigo que se fue muy pronto, cuando una horrible enfermedad le hizo caer en un destino sin vuelta atrás, y ahora te vienen a la memoria los momentos previos, a los pocos días de su definitivo adiós, cuando reísteis juntos a pesar de las terribles circunstancias, de los dolores que te confesó padecer.

Fueron momentos incomprensiblemente amables, de confidencias, de anécdotas absurdas que ambos refrescasteis, que probablemente estaban en el cajón de sastre, que habías olvidado porque pensaste que no necesitabas ese recuerdo en tu día a día. Pero te equivocaste, como tantas veces.

En una entrevista realizada a una persona acerca de su longevidad, al ser preguntado sobre sus largos años de existencia, sobre sus días vividos, respondió: “solo se vive un día, el actual”.

Traté de paralizar aquel momento.

Hubiese renunciado a su goce para

administrarlo después con escrupulosa lentitud,

pero, una vez más, no fue posible.

Hoy, en la carencia, tan solo queda

una imagen confusa,

un retazo insuficiente de lo que fue,

un vago recuerdo que quizá

el tiempo borre caprichosa y definitivamente.

Antonio Pérez Gallego | Madrid

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