Altavoces de la imbecilidad

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Se hace muy difícil, para quien lo pretenda, destacar en un mundo habitado por millones de almas, más de siete mil; y en el deseo de salir del anonimato se vislumbra una concesión a la vanidad y el convencimiento de creernos mejores que los demás, al menos en alguna de las facetas que desarrollamos. Controvertido y difícil equilibrio entre el olvido y la celebridad, entre los deseos y fuerzas de ser únicos y la intimidad, entre la búsqueda de reconocimiento y la fusión en ese todo insustancial que es la masa amorfa y uniforme.

Pero, la triste realidad, es que dentro de algunos años, no tantos, a lo sumo tres o cuatro generaciones –en el mejor de los casos, y contando con haber dado continuidad a la estirpe– nadie se acordará de nosotros y ni siquiera seremos una anécdota. Y, no hace falta pasar a mejor vida, somos conscientes de la cada vez más frecuente horda de ancianos que viven solos y olvidados toda vez que es más exiguo su círculo, viéndose reducido con cada ausencia y el recuerdo que la acompaña se va haciendo lejano.

Podremos conformarnos, sin embargo, con que nuestro paso por las redes sea menos efímero y estén inmortalizados nuestros recuerdos décadas después, una circunstancia todavía testimonial porque la generación de octogenarios pródigos en las redes es todavía insignificante, pero ¿qué pasará dentro de cuarenta o cincuenta años, y un alto porcentaje de los supervivientes tenga entre sus amistades a una parte significativa de cadáveres?

La ingente cantidad de fotografías que hacemos, casi siempre con el objetivo mirando a la retaguardia, que ahora testimonia y sirve para que nos digan lo mucho y bien que hemos papeado, lo guapos que estamos o lo bien que nos conservamos, en el futuro quedarán reposando en la nube falsamente sideral sin que nadie más vuelva a interesarse por ellas. Curiosamente, menos longevas que cuando los recuerdos de nuestros antepasados lucían espléndidos en las paredes y hornacinas inmortalizando los momentos trascendentales, como las bodas o las congregaciones familiares en torno al nacimiento de un nuevo retoño o el cumpleaños del abuelo.

En la evolución del ser humano se suceden etapas diversas, a veces contradictorias, y tan pronto, en la adolescencia, se busca la integración e indisolubilidad dentro del grupo, copiando modos y maneras, tratando de no sobresalir, como después se busca la significación y posterior desclasificación fomentando habilidades que, muchas veces, descubrimos en la edad adulta.

Entonces, nuestra faceta artística nos lleva a pintar paisajes y bodegones, al principio para decorar las paredes del salón. Algo inocuo, hasta que un profesor de arte, posiblemente frustrado, nos dice que tenemos un genio escondido, nos habla de nuestra creatividad, y nos anima a exponer públicamente nuestra obra buscando reconocimiento.

Reconocimiento, eso que dijo Schopenhauer ser un contrasentido cuando todos buscamos lo mismo, produciéndose entonces dos tipos de situaciones: la de quienes comprenden lo que hacemos, pero no lo admiten porque ellos están tratando también de buscar el reconocimiento, y sí lo que hacemos es bueno solo conseguiremos despertar la envidia; y la segunda de las alternativas, la de quienes no lo entienden, ¿y cómo vamos a estimar la opinión de alguien que no comprende lo que hacemos?

Pero, la búsqueda de significación, tiene otra faceta muy de vanguardia, que es la escritura. Todos escribimos, lo cual no solo no es reprochable sino satisfactorio, ¿pero qué ocurre cuando nos mostramos en público y escribimos en la creencia de que lo que contamos o penamos lo merece? Como en el caso anterior, volvemos a ser empujados por afamados consejeros, escritores en la disidencia, que nos descubren la fuerza, impacto y trascendencia de lo que teníamos oculto.

Esa es la razón de la proliferación de academias que se ocupan de enseñarnos a redactar bien, corregir las faltas de ortografía, incluso de advertirnos de cómo conseguir un premio literario, el que ellos nunca consiguieron, por no referir la inmensa cantidad de empresas que publican lo que escribimos, autoeditándonos, eso sí, esa aventura que algunos emprenden, sufragando de su bolsillo el coste de su presunción.

¿De verdad creemos que nuestras opiniones y aventuras merecen atención entre las veinte mil obras anuales que se editan en este país? Sí, puede que alguien tenga una voz única, extrañamente interesante, procazmente reveladora, pero ¿no quedará enterrada entre el fango? Además, ¿quién lee?, con la cantidad de cosas que hay que hacer mucho más gratificantes.

Bueno, es posible, quizás esté en un error. Quizás no hable de la generalidad y haya mucha gente consciente de sus limitaciones, puede ser…, como también puede ser que no signifique nada cuando comencemos una frase diciendo “como digo yo…” y a quien la escuche le parezca que eso mismo lo ha oído cientos de veces. Quizás esté hilando fino, y probablemente nuestro deseo de sobresalir no sea sino la esperanza de amarrar algo de riqueza, y por eso entre nuestros congéneres haya muchos indigentes intelectuales que sobrepasan los estados de cordura en su afán por hacerse célebres, o famosillos de papel cuché.

Llevamos a nuestros hijos a hacer un casting para algún anuncio televisivo, y hablamos de su alto coeficiente intelectual (que conocemos al contar con la opinión de un reconocido psicólogo) porque ya atisbamos su genio, el que nosotros no pudimos desarrollar porque estábamos ocupados por sobrevivir, porque tenerlo, lo tenemos, ¿cómo si no se explica la habilidad de nuestro vástago, si sabemos que los genes son hereditarios? ¿Acaso ha ido a la calle a desarrollar todas esas increíbles capacidades?.

También puede ser, de todo hay, que veamos en él a una persona normal, discreta, sin especiales habilidades, a lo mejor es solo guapo (un grado en la escala evolutiva que debe ser relevante, digno de consideración, nos ha costado miles de años dejar de ser monos) Mucho cuidado, la modestia es, si cabe, aún peor: puede que tengamos una crisis de personalidad, nuestro ego esté bajo mínimos, y acusemos una tendencia a la depresión.

Algunos hacen de la celebridad su objetivo primordial, exento de límites, incomprensible, como el bastardo que asesinó a John Lenon, o el que elimina a un montón de inocentes paseantes. A veces se llega a un extremo de protagonismo de manual, psicopático, y es que no existe mayor cosa que se propague que la violencia (bueno, quizá la estupidez) En las películas, en donde el criminal en serie deja pistas debatiéndose entre la huida de la justicia y su ego le traiciona y no tiene, a pesar de las consecuencias, reparos en hacer público sus crímenes, para que todo el mundo conozca su mente privilegiada, aunque perversa. Peor es el anonimato

Que sí, que todo el mundo tiene algo que decir, que todo el mundo pinte, o escriba, que se manifieste como quiera sin dañar al resto, pero que lo haga preferiblemente en la intimidad, y no embarren el camino por descubrir a esos seres locuaces que debe de haberlos, pero que están enterrados entre tanta mediocridad.

Mis disculpas por haberles distraído un ratito que quizá precisen para leer a quien realmente lo merece.

Antonio Pérez Gallego | Madrid

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